Despedimos a Miguel Reynal, fundador de Vida Silvestre | Fundación Vida Silvestre Argentina

Despedimos a Miguel Reynal, fundador de Vida Silvestre



Publicado: 11 August 2020
Miguel Reynal
© Vida Silvestre / Marcelo Tucuna
Con profundo pesar despedimos hoy a Miguel Reynal, fundador y ex presidente de nuestra organización. Hace ya 43 años Miguel reunió a un grupo de entusiastas amantes de la Naturaleza en un proyecto que parecía utópico pero que, gracias a su empuje y convencimiento, terminó siendo la Fundación Vida Silvestre Argentina.
Enviamos un cálido saludo a su mujer, sus hijos y sus nietos y le dejamos el agradecimiento eterno por su labor.

Sin Miguel Fundación Vida Silvestre Argentina no existiría. Quienes somos Vida Silvestre hoy, nos comprometemos a mantener su idea y su creación más viva que nunca y seguir luchando por la defensa de nuestros recursos naturales.

Como pequeño homenaje compartimos un texto en el que el propio Miguel cuenta cómo comenzó nuestra historia gracias a su convencimiento.

Cuando un final es un comienzo
Por Miguel Reynal – abril 2007

Muchos se preguntan por el origen de nuestra fundación. Como suele suceder, detrás de toda institución hay personas y circunstancias. A veces, muy personales y también dolorosas. Su protagonista, Miguel Reynal, comparte aquella historia, que ahora también es nuestra.

Corría el año 1976. Mi hija, Alix Reynal y yo habíamos programado un viaje al Cerro Fitz Roy y a los Hielos continentales australes guiados por el andinista José Luis Fonrouge. En aquella aventura, compartíamos la travesía en Unimog con el cineasta y fotógrafo cubano Andy Pruna. José Luis nos quiso mostrar los senderos y la ruta que había tomado en su famosa ascensión al Fitz Roy y, al mismo tiempo, acercarnos al sitio por donde accedió a los hielos continentales. Con tales anhelos –en la caja de aquel vehículo, casi torturante- emprendimos un viaje largo y agotador desde Puerto Madryn hasta el Río de las Vueltas. El pueblo Chalten, por entonces, no existía. Tampoco, el asfalto. Fueron cientos los kilómetros de ripio –y el serrucho- que ponían a prueba nuestra tolerancia.

Para mi hija Alix sería una de las muchas aventuras exploratorias que habíamos hecho desde que, a los 17 años, había decidido volver a su país, la Argentina. Unos años antes ella, José Luis y yo recorrimos el Camino Real del Inca, desde Cuzco hasta Machu Picchu, durante 4 días en la alta montaña peruana con la Puerta del Sol a nuestros pies. En otra ocasión, aceptamos la invitación del gran espeleólogo Julio Goyén Aguado para explorar una de las cuevas más impresionantes de nuestra Cordillera: la de las Brujas, próximas a Malargüe, en Mendoza. Nos entusiasmó tanto que después hicimos otras expediciones espeleológicas (sobre todo, en Córdoba).
 
Alix tenía dos grandes amores: el ballet (formaba parte de la Escuela de Danzas del Teatro Colón) y la naturaleza. Cada vez que se conectaba con la vida silvestre era totalmente feliz. Irónicamente esos amores pueden haber contribuido con su desenlace trágico, pues exhausta inició su último viaje, exigida por las demandas del ballet y más tarde sufrió las fatigas del agotador viaje a Santa Cruz con el que empecé a contar esta historia. Durante su desarrollo se sentía sensiblemente mal y viendo su estado, al llegar cerca de nuestro destino, en la punta del Lago Argentino, decidimos entrar a una estancia (de los Pérez Companc) para solicitar una avioneta de auxilio a Río Gallegos. Continuamos nuestro trayecto hasta el Río de las Vueltas y armamos campamento después de explorar las estribaciones de Cerro Fitz Roy. Todo sucedió intensamente y muy rápido, aunque hubo circunstancias que parecían interminables. José Luis nos agenció un cordero provisto por un conocido suyo, un viejo poblador de la zona. Mientras mateábamos observando crepitar la grasa del asado aparecieron – misteriosamente y por entre los árboles – dos individuos de extraño aspecto. Se acuclillaron frente al fuego mirando apetitosamente nuestra carne. El vino con el que acompañamos al costillar les aflojó la lengua y nos relataron – casi con cierto placer – que eran expresidiarios recientemente liberados. Nuestra sorpresa se engordó mucho cuando explicaron que habían sido condenados por el homicidio de una mujer en un pueblo cercano. Ante esta compañía y el mal estado de Alix dormimos haciendo guardia rotativa. Al día siguiente la avioneta nos conectó con Río Gallegos con el vuelo a Buenos Aires. Alix murió al otro día, el 28 de abril de 1976.
 
Nuestros compañeros de tantos viajes, José Luis y Julio (que años más tarde también desaparecerían de modo trágico) me insistieron en que nuestro duelo y recordatorio debía transformarse en un hecho creativo, un acto de vida por la memoria de Alix. Así fue que su amor por la naturaleza, compartido por todos nosotros, nos inspiró, motivando la creación de una organización dedicada a la conservación de la vida silvestre argentina. Para lograrlo fui tomando contacto con figuras notables de la conservación nacional, quienes luego terminarían ocupando la presidencia de Parques Nacionales, como, por ejemplo, Teodosio Brea, Felipe Lariviere y Francisco Erize. También conté con la adhesión del desaparecido José María Gallardo, por entonces, Director del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” y de Máximo Gainza, Director del Diario “La Prensa”. Ellos son sólo algunas de las más de treinta personalidades prestigiosas de la ciencia, el deporte, la cultura, la política y el mundo empresarial que se unieron al desafío de fundar una institución en defensa de la vida. Todos – sin excepción – se comprometieron y en un modesto acto fundacional celebrado el 29 de junio de 1977 – en el Museo Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires – nació esta, la Fundación Vida Silvestre Argentina.
 
 
 
Miguel Reynal
© Vida Silvestre / Marcelo Tucuna Enlarge
Miguel Reynal en el acto fundacional de Vida Silvestre en el Museo de Ciencias Naturales en junio de 1977
© La Nación Enlarge