Hasta siempre Mauricio, muchas gracias por todo



Publicado: 16 February 2021
Mauricio Rumboll
© Mauricio Rumboll
Con profundo pesar hoy despedimos a Mauricio Rumboll,  una verdadera leyenda de la conservación en nuestro país y una persona que siempre estará cerca del corazón de todos nosotros.
Mauricio fue el último en ocupar la posición de "naturalista viajero" en el Museo Argentino de Ciencias Naturales, donde trabajó entre 1965 y 1980. En una de sus expediciones, mientras realizaba una práctica de zoología, se capturó un macá para estudiarlo: cuando el animal llegó al Museo, se dieron cuenta de que era una especie que no estaba en las colecciones. Así se descubrió para la ciencia el macá tobiano.
Mauricio además trabajó como docente, fue guía en la Antártida, dirigió la Escuela de Guardaparques "Bernabé Méndez" en la isla Victoria, y colaboró con Parques Nacionales en la Dirección de Interpretación. Mauricio fue parte del Consejo de Administración de Vida Silvestre por muchos años, hasta que en 2019 decidimos homenajearlo y volverlo miembro honorario de la Fundación Vida Silvestre Argentina.
 
Para recordarlo compartimos con ustedes una nota publicada en el número 85 de la Revista Vida Silvestre en julio de 2003, escrita por Gaspar Juárez llamada: “Mauricio Rumboll, el último naturalista viajero”
Muchas gracias por todo, Mauricio.
  
“Mauricio Rumboll, el último naturalista viajero”
Por Gaspar Juárez
Publicado en el número 85 de la Revista Vida Silvestre en julio del 2003
 
Ser naturalista implica tener gran curiosidad, amar la vida al aire libre, poseer conocimientos científicos, capacidad de observación y actitud para descubrir y compartir la naturaleza. Todo eso adquirido a través de una formación autodidacta nos da como resultado un perfil que sólo comparten algunos “paisanos” o cazadores baqueanos. Mauricio Rumboll cumple con todas estas características. Nadie, ni él, sabe cómo empezó a adquirirlas. Tal vez la colección de huevos de aves del tío Ronaldo Runacles (que terminó en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata), o el contacto con los pastizales de General Lavalle, donde pasaba sus vacaciones infantiles, fueron el incentivo para que hoy merezca ese título que no otorga ninguna Universidad: el de “Naturalista de Campo”, el mismo que simbolizaron Guillermo Enrique Hudson, Charles Darwin o el Perito Moreno.

Atraer a las aves imitando sus cantos, prever el paso de un zorro en la estepa o detectar un grupo de vicuñas en la alta montaña formó parte cotidiana de su profesión durante muchos años en los que se desempeñó como Guía Birdwatcher (observador de aves) internacional. Esto le permitía complementar su salario del Museo Argentino de Ciencias naturales, donde trabajó desde 965 hasta 1980, como “Naturalista Viajero”, cargo que, después de Andrés Gial, fue el ´último en ocupar.

En el año 1973, el Dr. Gallardo le encomendó una misión: “Necesito que vayas a la Sierra de la Ventana en la provincia de Buenos Aires a buscar un lagarto que se vio por última vez en 1894. Acá tengo una patita”.  Se encontraron así dos poblaciones del raro y bonito lagarto Cupriguanus casuanensis, endémico de la sierras.
Los viajes encomendados por el Museo recorriendo el país fueron muy intensos. Entre 1972 y 1973, por ejemplo, Mauricio sólo estuvo 10 días residiendo en Buenos Aires. Durante los veranos solía pedir licencia y, a bordo del Limblad, una embarcación especialmente diseñada para transporte de turistas a los canales fueguinos y a la Antártida, oficiaba de conferencista.

Inevitablemente después de sus  60 viajes se “recibió” de especialista en esa región. En aquellas expediciones participaron reconocidos científicos como Peter Scott, Roger Tory Peterson o Keith Shackleton.
Aunque su espíritu aventurero le deparó descubrimientos y sorpresas en los 4 puntos cardinales del país, su contacto con la Patagonia le trajo las mayores satisfacciones. Promediando los ´70, viajó a las Islas Malvinas invitados por Universidades de Estados Unidos para realizar un estudio sobre los patos silvestres de la región. Tenía el permiso Número 001 de ingreso a las islas. Luego, acompañado por otros miembros del Museo, visitaría el Archipiélago 4 veces más. En esos viajes se colectaron muchos ejemplares para las colecciones del Museo, que dieron como resultado una nueva especie de caracol y de araña que, sumados a un anfibio del Noroeste, son las especies que investigadores han bautizado en latín con el nombre de Rumboll. En ese tiempo también comenzó el estudio de los Cauquenes en Tierra del Fuego y Santa Cruz, y en 1974 descubre macá tobiano.

Mauricio nos lo cuenta así:
Hacíamos el viaje por la Patagonia junto con Eduardo Shaw, un zoólogo recibido en Escocia, que ahora es profesor de una escuela en Bariloche. Él se había propuesto aprender a preparar una piel de estudio y, por distintos motivos, no teníamos oportunidad de hacerlo. Estábamos a 3.700 metros de altura en medio de la Patagonia, con un frío invernal terrible y habíamos dejado Calafate para ir a trabajar. Le dije que fuera a buscar un macá (presuntamente plateado).

Fue a la ladera y yo a unas laderas a buscar otros pájaros. Recorrí dos kilómetros y escuché un disparo. Cuando nos encontramos no podía creer lo que venía. Eduardo estaba desnudo y empapado, con la escopeta y la ropa debajo de un brazo y en la otra mano un macá. Al dispararle, el viento lo había alejado cada vez más de la orilla de la laguna y ante el temor de perderlo, se tiró al agua. Cuando entramos al auto pusimos todo en el  baúl y tratamos de que Eduardo recuperara el calor. Esa misma noche en el hotel y a la luz de las velas, preparamos la piel. Ya en Buenos Aires y en el Museo, le entregamos a Pablo Canevari lo que habíamos conseguido. Cuando ve el macá desencadena preguntas y respuestas: “¿Y esto qué es?” “¿Cómo qué es? Es un macá”, le respondí. “Si, pero ¿cuál?”, insistió. Como no nos poníamos de acuerdo fuimos a ver las colecciones, pero no encontramos otro igual entre los macáes. Los plumajes pueden cambiar entre un ejemplar y otro de la misma especie y nadie había estado en mayo, aunque lo notable era la diferencia de peso. Pensamos que era un macá plateado que pesa 330 gramos, ¡pero el que yo tenía pesaba 700 gramos! Jorge Rodríguez Matta estaba en ese momento en el Museo de Historia natural de Nueva York donde existe la colección más completa de aves de todo el mundo. Le escribí para que lo identificara pero me respondió que no existía. Entonces tuve que describirlo y darle un nombre, Podiceps gallardol, en honor al Dr. José María Gallardo. Publiqué la descripción y finalmente Robert Storer, experto mundial en macáes, vino a la Argentina para confirmar que se trataba de una nueva especie”.

Aunque Mauricio diga que “fue por casualidad”, sabemos que él fue el protagonista del descubrimiento de la última ave de tamaño importante de la Argentina.

Durante su estadía en Buenos Aires, el príncipe Felipe de Edimburgo –destacado ornitólogo y presidente del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF)- , fue guiado por Mauricio y un grupo de educadores ambientales de la Fundación Vida Silvestre por la Reserva Ecológica Costanera Sur. Al enterarse de que Mauricio había descubierto el macá le dijo textualmente: “Qué envidia, me encantaría descubrir una especie. Pero eso es muy difícil”. Los que estábamos presentes vimos que Rumboll se sonrío y se encogió de hombros, ruborizado. Seguramente no podía creer que fuera la envidia de un príncipe.

Su cálida relación con la gente le permitió trabajar intuitiva y fructíferamente en educación ambiental. Desde ese rubro, como profesor del colegio San Pablo de Córdoba, fue el formador de muchos naturalistas y científicos relevantes como Miguel Cristie, Guillermo Harris, Lorenzo Symson, Eduardo Shaw o Andrés Johnson. Pero su acción más destacada como educador fue entre 1976 y 1081, durante su cargo de Director de la Escuela de Guardaparques “Bernabé Méndez” en la Isla Victoria. Allí ganó amigos y discípulos. Años después, recorriendo los parques nacionales, se podían identificar agentes de conservación  formados por Rumboll, de los que no lo eran. El uso de binoculares y un andar respetuoso y silencioso por los senderos de la naturaleza identificaban a los guardaparques que en sus promociones habían vivido las experiencias pedagógicas de “El viejo”, como muchos lo llaman.

Hoy Mauricio continúa trabajando en la Dirección de Interpretación de parques nacionales, donde entre otras acciones, formó parte del equipo que diseñó el centro de interpretación del Parque nacional Iguazú. Complementa su trabajo en parques con la organización de campamentos educativos en las sierras de Córdoba, donde vive.

Quienes hemos participado de esta actividad sabemos que no se limita a trabajar aspectos de la naturaleza, sino que todo está teñido de educación en valores. Estos viajes marcaron a miles de participantes, estudiantes de los colegios más importantes de Argentina, como el San Jorge, San Andrés y Santa Hilda, entre otros.

Una de las actividades programadas por Mauricio es la de cruzar un viejo puente abandonado, obligando a ayudar al compañero de atrás para que no caiga. Otras es la de hacer fuego sin fósforos en una noche de “vivac” en la montaña. Los grupos competían sanamente por alcanzar este objetivo mientras Mauricio nos decía a los instructores: “¡No ayuden!”. Siempre el trabajo en equipo daba resultado.

Por la noche, armados de un telescopio, las clases de astronomía de Mauricio son el placer de todos. Y es que en materia de mirar el cielo también es muy particular, ya que es ministro laico de la iglesia anglicana.

Para aquellos que disfrutamos de la naturaleza, hay muchas opciones para acercarnos a ella: podemos leer los relatos de viajeros del siglo XVIII, caminar por la selva misionera para descubrir su increíble diversidad, extasiarnos con la inmensidad de la Patagonia, sentarnos en el living a mirar documentales y también… conocer a Rumboll. Hoy y siempre, Mauricio nos seguirá ofreciendo esa mirada nueva y refrescante de cómo acercarnos y descubrir la naturaleza.
 
Mauricio Rumboll
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