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Franca y serena



Publicado: 21 May 2018
Vida Silvestre
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Esta nota originalmente apareció en la Revista 138 de Vida Silvestre.
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Franca y Serena
Por Alejandro Arias, Coordinador del Proyecto Valdés en Fundación Vida Silvestre.

Alrededor del siglo VII los vascos comenzaron una caza programada de las ballenas que se acercaban a la costa cada primavera en el Golfo de Vizcaya, en el Mar Cantábrico. Tuvieron tanto éxito en esta primitiva industria que de ellos surgió el arte del arponeo en pequeñas embarcaciones que, en los siglos XVI y XVII, Francia, el Reino Unido, Noruega y Alemania tomaron como propio y se trasformaron en las grandes potencias balleneras.

Así comenzó la gran industria de la caza que llevó al borde de la extinción a muchas especies de ballenas del hemisferio norte. Pensemos por un momento que en esos siglos el aceite de ballena era un producto fundamental para la sociedad porque se usaba en el alumbrado público y como lubricante de grandes maquinarias.

Cuando estos países europeos arrasaron con las ballenas del Mediterráneo y del Mar del Norte comenzaron a orientar su actividad hacia las costas americanas y los mares del Sur donde encontraron una ballena cuyo comportamiento dócil y natación lenta la convirtió en la presa ideal.

Nuestra ballena

De esta forma los mares y costas australes se convirtieron en en una importante región de caza de ballena franca del sur (Eubalaena australis), lo que hizo que en pocas décadas esta especie fuera declarada en vías de extinción junto a otras especies de grandes ballenas. Estos eran los primeros síntomas de la sobreexplotación de un recurso natural marino de gran valor comercial que enfrentó a las potencias balleneras a una situación que hacía peligrar su negocio. Por esta esta razón el 2 de diciembre de 1946 se creó en Washington la Convención Internacional para la Regulación de la Caza de Ballenas que luego dio origen a la actual Comisión Ballenera Internacional (CBI). En ese momento comenzó a nivel mundial una cruzada en favor de la conservación de esta y otras especies de grandes ballenas, donde Argentina desde el principio jugó un rol fundamental.

Tanto las medidas internacionales como locales que se impusieron para garantizar la subsistencia de la ballena franca dio sus frutos y la especie comenzó a recuperarse lenta pero constantemente a un ritmo anual mayor al 6,5%: a principio de los ´80 en septiembre se contaban apenas unas 300 ballenas en los golfos de Valdés mientras que actualmente se pueden contar más de 1.500 ejemplares en la misma área.

Conservación y turismo

Este éxito de conservación permitió impulsar desde hace más de 30 años el avistaje de ballenas embarcado y de costa. Esta actividad turística comenzó a fines de los ´70 en el Golfo Nuevo desde la localidad de Puerto Pirámides donde Mariano “el Gordo” Van Gelderen -con una pequeña lancha para 10 personas- realizaba los primeros acercamientos a las ballenas con algunos turistas que llegaban a la comarca principalmente en busca del salmón de mar. Esta actividad se difundió con rapidez y en pocos años comenzaron a llegar a Valdés miles personas para ver las ballenas; hoy, más de 150.000 turistas se embarcan para realizar el avistaje desde Puerto Pirámides. Algo similar ocurre en el sur de Brasil, en la costa de Uruguay y en otras localidades de la costa Argentina como en el Golfo San Matías en Río Negro, y Mar del Plata y Miramar en Bs. As., donde también hay presencia de franca.

Todas estas buenas noticias también nos generan nuevas responsabilidades y una mirada totalmente diferente a la que teníamos 20 años atrás. El crecimiento poblacional que las ballenas francas están teniendo hace que ya no ocupen áreas específicas, sino que se distribuyan a lo largo de toda la costa reconquistando posiblemente viejas áreas de reproducción, de descanso, de cría.

Al mismo tiempo, la actividad humana utiliza cada vez más la franja costera y el mar continental a través del crecimiento urbanístico, tráfico marítimo, actividades náuticas e hidrocarburíferas, pesca y maricultura. Es momento, entonces, de empezar a ver no lo particular sino el conjunto. Ya no podemos trabajar en la conservación de la ballena franca sólo en los golfos de Valdés , observando cómo se desarrolla el avistaje en Puerto Pirámides, la natación con ballenas en Las Grutas, o el avistaje en La Paloma (Uruguay) y Playa Do Rosas (Brasil).

Hoy debemos tomar distancia para ver todo el rompecabezas, donde una actividad por sí sola tal vez no sea un problema pero el conjunto de las que se desarrollan o que tienen potencial de desarrollo puede llevar a que los números positivos de crecimiento comiencen a dar señales negativas. Por eso que es muy importante, por un lado, continuar monitoreando el crecimiento poblacional de las ballenas y su distribución y, por otro, también ampliar la mirada de las variables a tener en cuenta y trabajar en su ordenamiento y gestión sustentable.
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