No tan distintos... una crónica del Antropoceno | Fundación Vida Silvestre Argentina

No tan distintos... una crónica del Antropoceno



Publicado: 23 May 2018
Vida Silvestre
© No tan distintos...
La historia comienza hace unos 4.100 millones de años (MA) cuando irrumpió en nuestro planeta un elemento novedoso: la vida. Surgió con las primeras bacterias, formadas por una sola célula. Con ellas comenzó a activarse el lento mecanismo de la evolución. Los organismos microscópicos fueron la única forma de vida en la Tierra hasta hace cerca de 600 MA, cuando la llamada Explosión del Cámbrico generó la mayoría de las divisiones de animales que existen en la actualidad, mas otras tantas que quedaron en el camino. Luego de largos y complicados procesos evolutivos, se calcula que actualmente existen cerca de 8,7 millones de especies, aunque alrededor del 90% aún no fueron descritas por la ciencia. Los conjuntos de estas especies y sus interacciones es lo que llamamos biodiversidad.

Desde entonces, la biodiversidad sufrió cinco extinciones masivas, eventos en los que desapareció un gran número de especies debido a cambios repentinos en el ambiente. La última ocurrió hace 66 MA y borró del mapa a los dinosaurios, con excepción de las aves que, en consecuencia, se impusieron junto a los mamíferos como los animales terrestres dominantes.

Ya más cerca en el tiempo, hace 15 MA, aparecieron los homínidos, la familia de primates a la que pertenecerá nuestra especie junto con los actuales chimpancés, gorilas y orangutanes. Hace 4 MA, los homínidos del género Australopithecus comenzaron a caminar erguidos sobre sus patas traseras, posición que les permitió ver con mayor facilidad fuentes de comida y posibles depredadores, al tiempo que les dejaba las manos libres para transportar a sus crías y manipular herramientas rudimentarias, como piedras y palos. Estas innovaciones estimularon el desarrollo encefálico que dio paso al advenimiento de nuestro género, Homo, hace 3 MA. Y con la aparición de estos humanos primitivos el mundo no volverá a ser el mismo.

Ha llegado un extraño
Hace sólo 200.000 años que surgió nuestra especie: Homo sapiens. Y hace apenas 50.000 que los humanos empezaron a mostrar los signos de diferencia conductual que fueron el origen de todo lo que forma parte de nuestra cultura hoy. Por aquel momento comenzaron también las primeras extinciones aceleradas por nuestra especie: gran parte de la megafauna, incluyendo los mamuts y el oso de las cavernas en Europa, o los gliptodones y los megaterios en Sudamérica.

Por ese entonces el contacto del hombre con la naturaleza era directo e inevitable: cazaban animales y recolectaban frutos y granos y, por la noche, era imposible no ver las estrellas. No es azaroso que algunas de primeras formas de arte como las pinturas rupestres remitan a la megafauna con la que interactuaban esos artistas, y que algunas de las primeras formas de escritura, como los jeroglíficos egipcios, fueran representadas por animales y plantas.

Hoy nuestra relación con la naturaleza se ha invertido. Sabemos cuál es la serie que más se está viendo, quién fue elegido presidente en los Estados Unidos o qué país ganó el último mundial de fútbol. Basta con invitar a amigos y familiares a enumerar diez jugadores famosos junto con diez especies de plantas o de aves del país. Por lo general los resultados no son alentadores para el patrimonio natural y cultural y, en cierta forma, es esperable que sea así: nuestra especie se pasó más de 49.900 años mirando árboles y animales... pero antes no teníamos Facebook ni Netflix. Ahora que los tenemos, ¿por qué habríamos de seguir prestándoles atención?

Una primera razón es que al conocer la biodiversidad ampliamos nuestra visión. Si podemos distinguir a un hornero de un carancho, o un ceibo de un mburucuyá, dejaremos de ver un conjunto uniforme de aves o plantas y las podremos observar de forma individual. Si profundizamos un poco y conocemos las particularidades de cada uno, nos encontraremos con detalles sorprendentes en cualquiera de las especies comunes de cualquier plaza de la Argentina. Ni qué decir de las especies que son raras y de los lugares maravillosos y frecuentemente olvidados que podremos conocer gracias a ir a buscarlos. Y es casi inevitable que al saber de la existencia de esa riqueza natural -a la que pertenecemos y a su vez nos pertenece- entendamos que está amenazada. Y entonces buscaremos hacer algo para evitarlo.

La segunda es que pese a que nuestra cultura y nuestra tecnología se expandió hasta llegar a la Luna, crear internet y transformar la superficie de nuestro planeta, seguimos siendo parte de ese proceso que nos trajo aquí hace 4.000 millones de años. Aunque a menudo lo olvidemos, los humanos somos animales y, como tales, dependemos de la naturaleza: necesitamos oxígeno, agua, comida; un clima estable y recursos naturales; salud y bienestar. Nada de esto es posible sin la biodiversidad así que si queremos seguir por acá un rato más, debemos actuar rápido.

Por todo esto es momento de volver a prestarle un poco más de atención a la naturaleza, porque actualmente y desde hace sesenta años, la actividad humana está causando la sexta extinción masiva. En el tiempo que lleva leer esta nota se habrán extinguido cerca de 15 especies ¿y cuáles son las causas principales? La degradación o transformación de ecosistemas, la sobreexplotación, la contaminación, la presencia de especies invasoras y enfermedades exóticas, y el cambio climático.

Cada año los humanos consumimos un 60% más de los recursos que podemos producir. Esto, por supuesto, no es gratis. Nuestra generación ya está pagando los costos del agotamiento del capital natural y el escenario que puede seguir es imaginable: más competencia por la tierra y el agua; más conflictos sociales, migraciones, y poblaciones enteras a merced a los desastres naturales. Claro que la evolución continuará cuando hayamos desaparecido. Pero si esto no está en nuestros planes la única solución es un cambio de conciencia y decisiones reales para alcanzar un futuro donde el desarrollo ambiental, social y económico sea sostenible. El Acuerdo de París sienta un importante precedente y es una obligación moral hacer que se cumpla para que las cosas cambien.

Mientras tanto, no caigamos en el error de pensar que desde nuestro lugar no podemos hacer nada: con el sólo hecho de prestarle atención a la biodiversidad que aún nos rodea ya estamos contribuyendo a ponerla en valor.
Vida Silvestre
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